Sobre mí

La lover de la mantequilla

Foto para página sobre mí

Me llamo María y preparo dulces porque me pone de buen humor.

La mantequilla hace feliz a mi niña gorda interior, así que nunca falta en mi nevera.

Atesoro kilos de harina, azúcar y chocolate y creo que deberían hacer perfume con el olor de la levadura fresca.

Soy repostera casera. Los dulces son una de mis muchas obsesiones y soy una fotógrafa aficionada, con una cámara muy normalita y un trípode que a veces utilizo y otras no.

Caserita y novatilla, hacer repostería es mi salida de emergencia del mundo. No es sólo para comerme el resultado, aunque me lo como gozosamente, es por los recuerdos.

Es por las trufas de chocolate de La Mallorquina, con su papelito blanco rizado.

Por los petisus de café de las bandejas de pasteles de los domingos.

Por los cruasanes de mantequilla, las palmeras de hojaldre y las cajas bombones. 

Por todo eso y porque tengo un vicio con la mantequilla, tengo un blog, que va, de hacer dulces, que habitualmente, llevan mantequilla.

El montaje del director

(la versión larga)

Tengo el super poder inútil de saber siempre qué hora es sin mirar el reloj y de cortar cantidades exactas de mantequilla, que por azar o metafísica, suelen ser la cantidad que necesito.

Mi historial de catástrofes pasteleras es difícil de superar y he limpiado crema de mantequilla  de prácticamente cualquier parte de mi cocina y dulce de leche del techo de una cocina que no era mía.

Acumulo chocolate y azúcar de todo tipo. La mantequilla es para mí es un tema, olerla y cortarla me resulta terapéutico y no contemplo no tener varios paquetes en casa.

Considero que nunca tienes suficientes clases de harina y que los libros de cocina son una necesidad vital de la que hago acopio, con tal ansia viva, que amenazan con tomar la casa. 

Tengo un armario entero dedicado a sprinkles. Es pequeño. y por eso creo que es un vicio leve, no demasiado patológico.

Para mí, todo es mejor si lleva lunares, grandes o pequeños. 

Si empezara por el principio -puedes huir justo ahora del momento retrospectiva- lo que nunca empecé por el principio fueron los libros de cocina de mi madre.

Yo iba a lo importante: LOS POSTRES.

De la niña redonda que fui, me quedan los bizcochos mágicos de limón de mi tía y su súper poder de montar claras a punto de nieve a mano en 5 minutos.

Los plum cakes de mi madre y los sábados por la tarde haciendo bizcochos llenos de fruta y frutos secos, rollo random. Nunca hubo dos iguales.

El recuerdo de una minipimer gripada, que no tenía varillas, sólo el accesorio de cuchillas, que, como el ansia puede al miedo, yo chupaba sin conciencia del peligro.

Pero, my sweet true love y yo tuvimos que separarnos, porque como no tengo hartura, que diría mi madre, tenía la costumbre de, después de hacer una lamentable aproximación a lo que en un mundo ideal habría sido una tarta de queso, comérmela entera.

Y el endocrino, que no me entendía, empezaba a mirarme como diciendo: Eh…¿Me estás vacilando?

Así que tuve que elegir.

Abandoné a mi amor y relegué mi pasión por los dulces a la fantasía. Y, aunque la pastelera de mi barrio echó de menos mi contribución a su sueño de tener una casa en la playa, me dediqué por completo a otras conductas alternativas como pegar la cara a la nevera de los helados sin abrirla o pasar muy despacio por los escaparates de las pastelerías, pero, sin llegar nunca a entrar. Conocí a otros amores de mi vida, como las manzanas verdes, las proteínas magras y el cardio.

Durante años no volví a hacer tartas de queso.

Ni dulces.

Ni galletas.

Ni nada.

Desarrollé el súper poder de mirar dulces sin comerme ni una miga.

Cual merodeadora de bakeries, acosaba en la distancia a mi antiguo amor, pegando la nariz a los escaparates de las pastelerías soñando que me llenaba con mirarlos.

Hasta que un día, hace ya algunos años, hice un brownie para mi chico. Un goloso que no conoce el sentimiento de culpa (virtud destacable donde las haya) y cuando empezamos a estar juntos, años ha, vi que siempre tenía en casa dulces caseros hechos por su madre.

Tantas veces le dije que un día le haría un brownie, que no me quedó más remedio que hacérselo.

Busqué mis varillas manuales, viejas, olvidadas y roñosas,  en el fondo del galimatías cocinero que mi madre alimentaba en su cocina con tapones de corcho usados y abridores infinitos y volví al partido. 

Compré un molde gorrinero, que aún conservo por eso de la nostalgia y del Diógenes y le hice un brownie, bastante poco estético y contrahecho, lleno de corazones, sprinkles y de mucho chocolate.

Y entonces ¡Que felicidad madre mía! Que gusto y que satisfacción.

Y, como un adicto lo es para siempre, con una sola recaída la locura pastelera me llenó por todas partes. El gigante dormido se despertó y hasta hoy. Que no sé si tengo una afición pastelera o es ella la que me tiene a mí.

Mi niña gorda interior, deprivada durante años, ha dado lugar a un monstruo,  goloso que disocio la mayor parte del tiempo y que nunca se cansa de hacer/pensar/mirar/oler dulces.

Mi monstruo guarda muchos kilos de azúcar. Muchos. Dos son pocos. 

Y chocolate de toda clase. Y Harinas. Y Colorantes. Y mucho mucho cacao.

No cree que se puedan tener suficientes chismes reporteriles y, por kilos también, compra libros de cocina.

Mi chico, que curiosamente me acepta, aunque soy rara que flipas, ha aprendido a vivir con mi monstruo.

Creo que es porque la presencia del monstruo garantiza el suministro de bizcochos caseros y galletas de mantequilla.

Este hombre, epítome de la paciencia y la tolerancia, acepta que el 60% de nuestra cocina esté dedicado a ingredientes, moldes y cacharrería repostera.

Me escucha hablar súper motivada de cómo creo que añadir 50 gr. más de lo que sea a lo que sea, producirá no sé qué efectos mágicos y lo cambiará todo o de por qué necesito otra Kitchen aid -más- y me sigue el rollo.

Y, aunque yo le devuelvo su paciencia en forma de desayunos todo guapos y bandejas de donuts rellenos, creo que nos acepta porque nosotros no nos metemos con sus incontables cajones de cables misteriosos e incontables discos duros. Y porque ¡Le encanta comer pasteles!

Mi monstruo y yo le aceptamos por eso mismo, así que hacemos un buen equipo.

Hoy, el hombre que para hacer una tortilla de patatas echaba las patatas crudas y los huevos a la vez en la sartén, sabe lo que es una espátula de codo y entiende que una mujer nunca tiene suficientes Kitchen aid.

Así que en mi casa, de momento somos tres. Mi chico, el mostruo y yo.

Mi monstruo se levanta los domingos a las 8 a.m. para hacer bizcochos. Compra libros de repostería a escondidas,  los apila en los rincones, pensando que el hombre que vive con nosotros cree que se reproducen como las setas y se pone muy nervioso cuando hay menos de un par de kilos de chocolate en casa.

Ha tomado por asalto el congelador, ocupa el 80% para guardar sus movidas pasteleras y piensa que el horno es sólo suyo.

Para mí, las prioridades están claras y dedico días que debería estar dedicando a cosas súper profundas y/o productivas a hacer 6 bandejas de macarons. Pero, no pasa nada, porque no soy yo. Yo quiero ser responsable y leer sobre neurociencia, pero entonces el monstruo espeta: «¿Y si hacemos un bizcocho en lugar de la declaración de la renta?».

Mi chico ha aprendido a convivir con el monstruo, al fin y al cabo, no tenemos perro y al monstruo no hay que sacarle a pasear cuando llueve.

Así vivimos los tres.

Y me encanta.

¡Muchas gracias por estar aquí (y por leer hasta aquí, que ya tiene mérito)!

Have a happy baking day!

Preparo dulces porque me pone de buen humor. La mantequilla hace feliz a la niña gorda que fui, así que nunca falta en mi nevera.

Atesoro kilos de harina, azúcar y chocolate y creo que deberían hacer perfume con el olor de la levadura fresca.

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